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Paladar >> Escrito por Marjorie Ross
Banquete de letras

Cocina y literatura han ido siempre de la mano. La literatura habla de la vida y comer es el acto básico que nos permite sobrevivir. La historia de la literatura está llena de episodios que lo prueban.

La letra impresa no solo puede hacernos agua la boca, sino que suele marcarnos para siempre en cuestiones de comida. Desde la infancia, abre el apetito el pan con mantequilla que sirve el abuelo en Heidi, apetece la jalea de Alicia en el país de las Maravillas, impacta la desesperación del hambre en El Conde de Montecristo.

Menú de Sherlock Holmes
En el número 221 de la Calle Baker, Londres, el desayuno era el rey. La señora Hudson consentía a su inquilino, Sherlock Holmes, que privilegiaba ese tiempo de comida. Entre delicias, había algo sagrado: Watson y Holmes preferían los huevos revueltos.

Como muchos hoy, a menudo el almuerzo era solo un sándwich o un trozo de pan. Si cenaban fuera, mostraban su gusto cosmopolita con pastas italianas y cocina de la India, a la que Watson se aficionó cuando sirvió allá como militar. La predilección por la romana debe haberse desarrollado en sus viajes a Italia, en investigaciones del papado y otros asuntos, entre ellos El affaire de los camafeos del Vaticano.

Hemingway, gourmet
Lomito de león asado… Difícil encontrar ahora una receta más políticamente incorrecta. Fue con ella que Ernest Hemingway superó a otros personajes, en 1955, cuando la revista Sports Illustrated preguntó por sus cenas de Navidad favoritas. Al escritor le apasionaban la cacería y la pesca, no solo como deportes, sino porque amaba comer lo que obtenía en ellas. Sus novelas están aderezadas con platillos que comió en sus diversos viajes y donde vivió. En El Jardín del Edén, David y Catherine comen pescado a la parrilla, con mantequilla y yerbas, una de las recetas favoritas del escritor.

La mesa latina
Las novelas de Gabriel García Márquez están llenas de menciones culinarias. El doctor Juvenal Urbino, en Amor en los tiempos del cólera, es aficionado a los espárragos. En Cien años de soledad, Aureliano Buendía disfruta sabrosas tazas de café sin azúcar; Úrsula bate dulce de leche; Amaranta hornea bizcochos para el Coronel Gerineldo Márquez; y Santa Sofía de la Piedad maneja un negocio de repostería y animalitos de caramelo. En Como agua para Chocolate, mediante diversas recetas que entrelazan capítulos y personajes, Laura Esquivel muestra la importancia de la cocina en el universo psicoafectivo de los mexicanos. El capítulo cuarto, por ejemplo, comienza con la receta del mole de guajolote con almendra y ajonjolí.

Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda habían hecho camino. En 1969 escribieron juntos Comiendo en Hungría, que mezclaba cocina con pensamientos, poemas y comentarios, para cantar en verso el buen comer y celebrar la vida, que empieza en la mesa.
  
Agosto-Septiembre 2008
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